El otro día, Rouco Varela, la autoridad de las Españas más cercana a Dios en el escalafón , nos habló , a sus feligreses todos; y en su efervescente luminiscencia, afirmó grandes verdades sobre los atentados al orden publico de gente desastrada y garrapatosa en casi todas las provincias, por cosa, al parecer, del poco aprovechamiento que obtienen de sus labores y de sus pecunios en los tiempos que corren: y tuvo que recordarnos la necesidad de aceptar la voluntad de Dios
" Los indignados no conocen a Dios y tienen la vida rota." Eso si, a él no le miren, como si fuera un bicho raro; "la Iglesia Católica no ofrece soluciones para los problemas políticos, económicos y sociales del día a día" sino que su misión se mueve "en el terreno de la fe".
Yo no tengo el gustazo de conocer a Dios, y efectivamente, mi matrimonio se acabó como por arte del diablo .
Pero soy joven de espíritu y podría rehacer mi vida y las roturas de mi bolsillo, si Rouco no abusara del cepillo y no subvencionáramos los viajes papales. En una encuesta encargada por EL PERIÓDICO sobre el movimiento 15M se apunta, entre otras cosas que los menores de 30 años son los que más simpatía expresan hacia los indignados (78,5%), aunque a muy poca distancia, solo dos puntos, de la franja de edad que va ¡¡ de los 45 a los 59 años!!. Hombres y mujeres maduros y jóvenes somos los más más entusiastas (o los más jodidos) . Así de felices buenamente lo llevamos, como niños indignados de casi 50. Hay nuevas ideas. Y viejas ideas que funcionan. Zapatero podría irse, aunque lo dudo, con más simpatías si aprobara la dación en pago desconocida en España ¡y menos da un peine!
Tampoco es una nueva idea en la lucha contra el paro, y como medida de reactivación económica, la ampliación de los horarios comerciales que quieren la derecha, los empresarios y ahora el gobierno de Zapatero, y eso me hace rogar encarecidamente al alcalde de Las Palmas que abra la mano con los bares y discotecas y le de vidilla a la noche y genere empleo y consumo. Fue su propio partido el que, en su día, en reacción a ruidos y desmadres que no gustaban a la bien pensante gente de orden, y tampoco a mi, por cierto, nos arruinó la hostelería nocturna y el ambiente de la ciudad imponiendo horarios de cierre propios de ley seca y ajenos al tradicional bullicio capitalino, y llevando al paro a muchos y a otros a la ruina, en una ciudad que no levanta cabeza desde entonces, ni con unos ni con otros, cada vez más sosa y descuidada.


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